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Las «patas de gallo» y otras cosas maravillosas que llegan con la madurez

Estilo de vida, Pensamiento positivo, Salud y Bienestar

la madurez y su verdadero valor

Las patas de gallo, esas temibles arrugas que un día aparecen alrededor de nuestros ojos casi sin darnos cuenta y se quedan allí para siempre.

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Generalmente acostumbramos a pensar que las patas de gallo son un símbolo de vejez, aunque hay quienes las llaman más delicadamente “líneas de expresión”. Llamémoslas como queramos pero en realidad son arrugas que nos demuestran todos los días cuando nos miramos al espejo, que ya no somos los jóvenes que éramos y que nos guste o no hemos entrado en la madurez.

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El valor de la madurez

La publicidad, la moda, la televisión, todo está lleno de chicos y chicas jóvenes con cuerpos perfectos y esculturales que rebosan alegría y vitalidad. Todo en nuestra sociedad moderna parece decirnos que lo único que importa es la juventud y que los adultos quedamos relegados a un segundo plano. Y ojo, estoy diciendo los adultos, ya no quiero decir nada de los “viejos” (entre comillas, porque yo creo que ser viejo es una actitud).

Para colmo, a los actores y actrices que ya lucen canas y arrugas, los pasan por despiadados retoques de Photoshop para que milagrosamente vuelvan a tener pieles tersas y rostros juveniles. No les dejan llevar la edad con orgullo y dignidad, muchas veces en contra de su propia voluntad. Es como si envejecer fuera un pecado imperdonable.

Nos hemos olvidado de que en el pasado los mayores de las tribus eran las personas más valoradas de la comunidad, los más sabios, los que merecían más respeto. Y aunque afortunadamente todavía quedan lugares donde esto es así, en nuestro alocado mundo occidental es cada vez más raro dar valor a la madurez, ni siquiera cuando se trata de personas que son verdaderos ejemplos a seguir.

El caso es que aunque haya quienes veneran la juventud y la belleza como únicos valores actuales, la verdad es que hacernos mayores tiene muchas cosas bonitas. Necesitamos reivindicar el valor de cumplir años y lucir las arrugas con orgullo porque son símbolo de que hemos vivido y tenemos mucho que aportar.

Cosas maravillosas que llegan con la edad

Para demostrar que realmente llegar a la madurez tiene muchas cosas positivas, aquí enumero algunas, aunque seguro que si lo piensas con calma, se te ocurrirán muchas más.

1. Estamos más cómodos en nuestros propios zapatos

Creo que esto es lo que más me gusta de cumplir años. Es una sensación de la que no había sido consciente totalmente hasta hace poco, pero que me hace sentir de maravilla.

Cuando salimos de la tiranía de la juventud, dejamos de preocuparnos por lo que otros piensen de nosotros y  nos importa más lo que nosotros pensamos y sentimos. Eso es maravilloso porque ya no nos vestimos, ni nos arreglamos para estar a la altura de lo que los demás esperan de nosotros. Ahora somos nosotros mismos. Y lo más importante, ya no actuamos según lo que los otros esperan sino que nos comportamos como realmente sentimos que tenemos que hacerlo, somos más leales a nosotros mismos.

Estar cómodos en nuestros propios zapatos es sentirnos seguros de nosotros mismos y estar orgullosos de quienes somos. Ya no pretendemos ser alguien más y ese creo que es el verdadero significado de la madurez emocional.

2. Entendemos que las opiniones de los demás son un problema de los demás

Jamás vamos a gustarle a todos, pero eso es algo que lleva tiempo entender. Con los años aprendemos que nosotros somos lo que somos y que eso va más allá de lo que los demás opinen de nosotros. Las opiniones son personales y deben quedarse allí, en la esfera personal de cada uno, sin que dejemos que esas opiniones condicionen nuestras vidas.

La edad nos hace más conscientes de que las decisiones debemos tomarlas nosotros, en función de lo que queremos y de lo que nos hace felices, no en función de lo que otros piensen de nosotros o nos digan que debemos hacer. Esta es la única forma de ser auténticos y en ese sentido la edad es una liberación. En otras palabras, con la madurez ganamos en autoestima.

3. Llegada la madurez tenemos más claras nuestras prioridades

La edad y sobre todo, las experiencias vividas, nos hacen aprender qué es lo que en realidad nos importa. Con los años es más fácil separar el trigo de la paja. Sólo aquello que tiene importancia merece nuestro tiempo y nuestro esfuerzo y si lo piensas con calma, hay demasiadas cosas intrascendentes que nos rodean y luchan por ganar nuestra atención.

A medida que nos hacemos mayores, somos más conscientes de aquello que de verdad nos importa y somos más selectivos. Adiós a las relaciones perjudiciales, a la gente que nos roba energía y felicidad, adiós a las preocupaciones por cosas que no podemos controlar, adiós a las horas y días desperdiciadas en hacer cosas que nos hacen infelices. La vida es demasiado corta para perderla en tonterías.

4. Dominamos nuestras emociones y no ellas a nosotros

Otra de las maravillas del paso de los años es que aprendemos cada vez más a dominar nuestras emociones, a ser más reflexivos y a meditar las cosas con más calma. Aprendemos más autocontrol y afortunadamente ya no somos esclavos de los arrebatos emocionales de la juventud que tantos problemas solían causarnos.

La edad nos vuelve más reflexivos y nos da la capacidad de tomarnos un momento para pensar antes de actuar. La experiencia de los años vividos nos ha enseñado (algunas veces a golpes) que las reacciones impulsivas casi nunca son las mejores. Dominar nuestros sentimientos y emociones, racionalizando los problemas, nos evita cantidad de complicaciones.

5. Somos más conscientes de nuestras propias capacidades

Esta es otra de los grandes valores de la madurez, el autoconocimiento. Si ya hemos podido antes, entonces podremos otra vez. La experiencia nos lo demuestra. La vida nos ha hecho atravesar por dificultades, problemas y retos que hemos superado, así que con los años conocemos mejor nuestros límites y nuestras capacidades.

La edad nos hace estar más seguros de nosotros mismos. Sólo hace falta mirar atrás en nuestra vida, ni siquiera es preciso buscar la fuerza y la inspiración en los demás. No hay mejor ejemplo que lo que hemos conseguido para saber hasta dónde podemos llegar todavía.

6. En la madurez aprendemos a tomarnos la vida con filosofía

Con los años aprendemos que hay cosas que escapan a nuestro control y que no vale la pena preocuparse por ellas. También entendemos que muchas veces hemos perdido el sueño por cosas que no eran tan importantes o por cosas que nunca llegaron a pasar, y vemos la inutilidad de hacerlo.

La vida no es tan complicada como imaginamos. Todo pasa, por grave o difícil que sea, siempre pasa. Siempre hay algo bueno en lo más malo y siempre hay alguna enseñanza que sacar, así que lo importante es estar dispuestos a afrontar la vida con la mejor de nuestras sonrisas y el corazón abierto para aprender.

7. Entendemos que tener la razón no es lo más importante

Bendita juventud en la que creíamos que siempre teníamos o debíamos tener la razón. Cuántos problemas nos hubiéramos ahorrado si no hubiéramos pensado así, pero es inevitable. Afortunadamente al hacernos mayores entendemos que no siempre tenemos la razón y que tenerla no es lo más importante, lo más importante es ser feliz aunque de vez en cuando eso signifique ceder.

Con los años somos capaces de entender que hay muchas formas de ver la vida, que no hay verdades absolutas, sino que todos tenemos nuestra parte de razón. Como dice el dicho: “Todo depende del ángulo en que se mire.” Y nuestro ángulo sólo es uno de tantos ángulos posibles.

En cualquier caso, equivocarnos ya no es tan grave, sólo forma parte del proceso de seguir aprendiendo y quien no se equivoca no aprende. Cuando llegamos a ver la vida de esa manera entonces significa que hemos madurado de verdad.

8. Aprendemos a perdonar y a perdonarnos

Producto de la inexperiencia, los jóvenes suelen ser radicales y altamente intolerantes con los errores de los demás y más aún con los propios. Afortunadamente, con la edad aprendemos que equivocarnos forma parte de vivir y que la misma ley es válida para los demás.

Ahora sabemos que muchas veces dañamos a otros o somos lastimados, sin que esa haya sido la intensión y eso nos hace más fácil el perdonar y perdonarnos.

9. Somos conscientes de que no necesitamos tanto para ser felices

La loca sociedad de consumo en la que vivimos nos intenta hacer creer a cada instante que necesitamos mil cosas para ser felices. El último grito de la moda, el coche más rápido, lo último en tecnología, etc, etc, etc. Sin embargo según vamos cumpliendo años nos damos cuenta de que en realidad necesitamos muy poco para ser felices, muy poco en términos materiales, quiero decir.

Una vez satisfechas nuestras necesidades básicas, son las pequeñas (grandes) cosas las que de verdad llenan nuestra vida, el amor de nuestra familia, las sonrisas compartidas con los amigos, la tranquilidad de la naturaleza. Se han escrito infinidad de libros en los que se recogen testimonios de personas que están en hospitales sabiendo que les queda poco tiempo de vida (personas de todas las edades) y ninguno dice que le gustaría seguir viviendo para poder ir de compras una vez más sino para poder estar con los seres que ama.

10. Nos volvemos más agradecidos

Cultivar la práctica del agradecimiento es fundamental para una vida feliz y el paso de los años nos hace más conscientes de ello. La vida es un regalo maravilloso y envejecer es una suerte que no todo el mundo tiene. Mucha gente abandona este mundo en la flor de la juventud y el solo hecho de seguir vivos un día más, es un motivo más que suficiente para dar las gracias.

Recuerda…

Alcanzar la madurez es una bendición que llega trayendo muchas cosas buenas. Después de todo lucir «patas de gallo» no está nada mal 😉

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